Envejecer es raro.
- Ariel Villar

- 1 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 4 dic 2025

Version audio:
Envejecer es raro. No jodido: raro.
Por un lado, te agarra una gratitud profunda, casi primitiva, de haber llegado. Porque viste caer gente buena, gente joven, gente que no pudo. Y vos seguís. Respirando, puteando, queriendo. Esa parte es hermosa. Una especie de “che, gracias por un día más, ¿eh?”.
Pero al mismo tiempo, el cuerpo se va poniendo incómodo, como un traje que antes era perfecto y ahora aprieta en donde no sabías que tenías costuras. Rodillas que crujen, lumbares que protestan, vista que decide cuándo quiere trabajar y cuándo no.
Y ahí está el espejo del baño: ese traidor.
Porque vos tenés en la memoria una versión tuya que todavía puede correr 50 metros sin hacer un trámite cardiológico. Una versión tuya que se reía más fuerte, que creía que siempre había tiempo. Pero el espejo muestra otra cosa: la historia escrita en la cara, la vida tatuada en los gestos. Y te mirás pensando: “¿Cuándo pasó todo esto?”
La respuesta es simple: mientras vivías.
Lo aprendido
A esta edad uno ya no aprende tantas cosas nuevas, pero entiende mejor lo que aprendió. Es distinto. No es sumar: es decantar.
Y de repente, cuando te preguntás “¿para qué?”, ya no buscás un sentido cósmico ni una misión sagrada. Te das respuestas más simples y más verdaderas:
“Para esto que siento cuando alguien me quiere.”
“Para la risa que me sacó mi hijo.”
“Para la charla con un amigo.”
“Para hacer algo que deje una huella chiquita en alguien.”
No necesitamos más.
El silencio como superpoder
De jóvenes llenábamos los silencios porque nos daba pánico que la conversación se muriera. Ahora nos pasa al revés: sabemos cuándo callar para no tirar una boludez al aire.
Es un instinto casi animal. Sentís que la frase que está por salir de tu boca no aporta nada, y la frenás en la frontera de los labios como a un perro que quiere cruzar la calle.
El silencio empieza a tener brillo.
Y esa es una de las pocas ventajas indiscutibles de envejecer.
El humor que muta como nosotros
Primero fue humor inocente. Después ironía. Después sarcasmo.
Y ahora… una mezcla rara entre todo eso y un pequeño cansancio por lo absurdo del mundo.
Porque la realidad, viste, ya es tan delirante que uno empieza a tener miedo de desconectarse del todo. De no entender nada. De volverse un extraterrestre en su propio país.
Ese miedo es chiquito pero constante, como un zumbido.
Nadie lo admite, pero todos lo sentimos.
El amor y el chicle
Amar a los 65 no es amar a los 25.
Ni a palos.
Al principio el amor es fuego, después es brasita, después es tibieza. Y si no se la cuida, queda como chicle viejo: con gusto a poco, sin gracia, pegajoso, difícil de tirar pero imposible de masticar.
Hay parejas que se pulen, sí. Que se acomodan a sus formas.
Y hay parejas que simplemente se gastan. Como las monedas viejas que ya nadie quiere usar.
Y uno aprende que el amor también tiene vencimiento, aunque duela admitirlo.
La muerte: esa señora puntual
La muerte tiene una eficiencia que la vida envidia.
No falla. No se olvida. No posterga.
Y aunque sabemos que es inevitable, nos da miedo igual.
Un miedo absurdo, infantil, irracional.
El último miedo que nos queda, tal vez.
Porque mientras estamos vivos, todo puede cambiar.
La muerte es la única parte del contrato que no se negocia.
Y al final… las pelotudeces
Las que hacemos, las que decimos, las que repetimos aun sabiendo que están mal.
Somos seres de hábitos, contradicciones y torpezas.
Somos los miedos que no confesamos.
Somos los sueños que postergamos.
Somos los errores que reciclamos.
Somos todo eso que a veces odiamos de nosotros mismos… y que, en el fondo, nos vuelve humanos.
Envejecer no es solo sumar años. Es sumar capas.
Capas de memoria.
De pérdidas.
De aprendizajes.
De risas.
De cicatrices.
De deseos que cambiaron.
De finales que se transformaron en comienzos.
De caminos que no imaginábamos, pero igual caminamos.
Y si llegamos hasta acá —con dolores, sí, pero también con historias—
algo bien hicimos.
Acá estamos, amigo: más viejos, más curtidos, más desconfiados, más sensibles…
y más vivos que nunca.
Ariel Villar
Café Temperley☕
Si te gustó ésta entrada, te invito a enviarme tu invalorable colaboración en la forma más segura a través de Mercado Pago
mediante el siguiente botón:
O también por PayPal:
Tu comentario y tu calificación al final de ésta pantalla es bienvenido y compartido con todos los lectores.
Infinitas Gracias!
Ariel Villar
Café Temperley☕


Comentarios