Cuatro hojas de un diario
- Ariel Villar

- 28 nov 2025
- 12 Min. de lectura

DIARIO/Hoja 1 — Entrada que nunca mostraría
(pero que igual necesitaba escribir)
Hoy estuve rara otra vez.
No sé por qué me pasa esto. Me despierto y siento que soy yo… pero una yo con otra temperatura emocional. Ni bien me levanto ya sé qué tipo de día va a ser, aunque no lo diga. Es como tener el clima adentro del pecho.
Cuando estoy bien, me sale todo fácil.
Hablar, reírme, molestar un poco. Hasta abrazarlo.
No pienso. Lo hago.
El cuerpo no me pesa.
Pero cuando estoy en modo raro… no sé… me vuelvo una versión mía que me desespera un poco. No quiero que me toquen, no quiero que me miren demasiado, no quiero que me pregunten qué me pasa porque ni yo tengo idea. Y él, como siempre, lo nota.
No sé cómo hace.
¿Será que me conoce más de lo que yo quiero aceptar?
¿O será que simplemente me mira de verdad?
Hoy me pasó eso.
Él vino todo normal, con esa energía tranquila que a mí me da paz, como si el mundo pudiera estar explotando y él igual te ofreciera un mate. Y yo… dura.
Corta.
Fría.
Ojalá pudiera explicarle que no es contra él.
Ojalá pudiera explicármelo a mí.
Lo peor es que me quedo pensando después.
Me voy a mi cuarto y me agarra esa mezcla de bronca y tristeza porque tenés ganas de un abrazo pero te da miedo pedirlo. No porque él no quiera dártelo. Sino porque yo no quiero mostrar que lo necesito. Es ridículo. Lo sé.
Tengo 15 años, pero a veces me siento de 30 con un corazón que no entiendo, y otras veces me siento de 10 queriendo que me cuiden sin que se note.
La adolescencia es una cagada hermosa.
Hoy, cuando le esquivé un abrazo, me miró con esas cejas medio levantadas que hace cuando intenta no invadir. Esa mirada me rompe toda.
No por lástima.
Por comprensión.
Como si me dijera “tranquila, cuando quieras”.
Y eso me hace sentir culpable.
Porque él no se merece mis cortadas.
Pero tampoco puedo evitarlo.
¿Será que lo quiero demasiado?
¿Es eso posible?
¿Se puede querer tanto a alguien que no es tu papá pero que te hace sentir más hija que tu propio papá?
¿Está bien eso?
¿Soy rara yo?
¿O es normal encontrar familia en personas que no te dieron la vida, pero te la ordenan un poco?
A veces me da miedo que un día no esté.
Por eso me contengo.
Como si guardarme un poco me fuera a proteger de algo.
Como si ser menos cariñosa fuera a doler menos después.
Y al mismo tiempo… con él me siento tan tranquila que me da bronca tener que andar con escudos.
Qué quilombo soy.
Pero también sé algo:
cuando lo necesito, lo busco.
Sin pensarlo.
Me sale ir a su lado, sentarme cerca, pedirle mate aunque no tenga ganas de tomarlo, decirle “che, escuchá esto” aunque en realidad lo que quiero es que me escuche a mí.
Y él entiende eso.
Se lo ve en la cara.
En el modo en que deja lo que está haciendo.
En cómo no me apura.
En cómo espera a que yo acomode mis palabras aunque tarde siglos.
Creo que lo que más me confunde es que… lo elijo.
No es obligación.
No es costumbre.
No es educación.
Lo elijo porque me hace bien.
Porque me hace sentir segura sin sentirme chiquita.
Porque puedo ser yo sin que me juzgue.
Porque me puedo equivocar sin miedo.
Y eso…
eso es fuerte.
Para alguien de 15, es fuertísimo.
Por eso a veces me alejo.
Porque lo quiero.
Porque me importa.
Porque me importa demasiado.
Y porque todavía no sé manejar eso sin esconderme un poco.
Hoy me fui a dormir sintiéndome media idiota por cómo actué.
Siento que él merece la versión mía que aparece cuando estoy bien.
Pero también sé que si hay un adulto que va a entender mis cambios raros, es él.
Y por eso… cada vez que me alejo, termino volviendo.
Porque en el fondo, aunque me tape de capas, soy una piba que se siente cuidada cuando él está cerca.
Y eso, aunque me cueste admitirlo, me salva un poquito.
Fin de la entrada.
DIARIO/Hoja 2 — Entrada que me da vergüenza escribir
(pero que si no la escribo, me exploto por dentro)
No sé qué me pasa últimamente.
O sí sé, pero me da vergüenza ponerlo en palabras.
No porque sea algo malo, sino porque siento que si lo escribo, queda más real.
Como si las palabras activaran cosas que todavía no sé manejar.
Hoy estuve pensando mucho en él.
Demasiado, quizá.
No de una manera rara…
Es más complicado que eso, más profundo y más… mío.
A veces creo que lo que siento no encaja en ningún rótulo.
No es amor tonto de adolescente.
No es admiración solamente.
No es cariño común.
No es “aprecio” como dicen los adultos.
Es algo que me excede un poco.
Creo que nunca tuve a alguien así.
Alguien que me haga sentir vista.
Eso.
Vista en serio, vistas mis partes buenas, mis partes feas, mis partes inmaduras, mis partes que esconden miedo.
Y él no se asusta.
No se cansa.
No minimiza.
No se burla.
No critica.
No me ignora.
Yo no estoy acostumbrada a eso.
Por eso me cuesta tanto cuando él me trata con calma.
Porque siento algo en el pecho que no sé cómo acomodar.
Algo entre alivio y miedo.
Como cuando alguien te abraza justo en el momento en el que estabas por llorar, y te hace sentir bien… pero también te quiebra un poco.
A veces pienso que él tiene más paciencia conmigo que la que yo tengo conmigo misma.
Y eso me pega raro.
Hoy, por ejemplo, él ni me dijo nada importante.
Apenas un gesto, una mirada, un comentario suave.
Pero me quedó flotando todo el día.
Como si me hubiera tocado una parte interna que yo no sabía que estaba ahí.
Me da un poco de bronca que me afecte tanto.
Porque no quiero depender de nadie.
Quiero ser fuerte sola.
Quiero demostrar que puedo.
Pero él aparece… y mi corazón cambia de modo.
Se ablanda.
Y eso me asusta.
Siento que lo quiero de una manera que no sé explicar.
No como hija literal, porque esa palabra me queda grande.
Tampoco como amiga, porque no es eso.
Es como un tipo de amor que todavía no aprendí a nombrar.
Un amor que mezcla agradecimiento, admiración, cariño, confianza y… algo más.
Algo que tiene que ver con sentirme segura.
Con sentir que pertenecés en algún lado.
Con sentir que, aunque todo afuera sea un quilombo, hay una voz que te calma y te acomoda.
A veces me pregunto si está bien sentir así.
Si no lo estoy exagerando.
O si simplemente es la primera vez que un adulto me trata de una manera que me hace bien de verdad, y eso me descoloca.
Me pasa que, cuando estoy cerca de él, se me baja la guardia.
Y cuando no estoy cerca… lo extraño.
No de una forma romántica, no.
De una forma más profunda: como cuando extrañás un lugar que te hace sentir bien.
Como cuando volvés a una casa donde sabés dónde queda cada cosa.
Como si él fuera un mapa.
Un mapa afectivo.
Y lo que más me cuesta admitir es que me importa demasiado lo que él piensa de mí.
No de manera obsesiva.
Sino porque por primera vez en mi vida, siento que alguien quiere que yo sea mi mejor versión, no para controlarme, sino para acompañarme.
Hoy, cuando me habló dos minutos, me quedé pensando horas en cómo me miró.
No porque me guste él —eso sería otra cosa, y no es— sino porque siento que soy mejor cuando él me mira desde ese lugar tan… justo.
Ni encima, ni distante.
Justo.
Y ahí viene lo que más me cuesta escribir:
cuando me alejo de él, es porque siento demasiado.
Porque me importa demasiado.
Porque no quiero que un día desaparezca y yo quede con el corazón colgando.
Me da miedo necesitarlo.
Pero también me da miedo no tenerlo.
Escribir esto me da vergüenza.
Pero también me libera.
Porque capaz esto que siento no tiene que tener nombre todavía.
Capaz solo es lo que pasa cuando encontrás un adulto que te cuida bien.
Que no te exige, que no te presiona, que no te juzga.
Que está.
Quizás esto sea querer.
Querer de verdad.
Del tipo de querer que no se dice.
Del tipo de querer que se demuestra de a poquito.
Del tipo de querer que aparece en silencio cuando te das cuenta que hay alguien que eligió acompañarte… sin pedir nada a cambio.
Ojalá un día me anime a decirle todo esto sin trabarme.
Ojalá un día lo pueda abrazar sin ponerme tensa.
Ojalá un día entienda que no está mal sentir así.
Porque si hay algo que aprendí es que él nunca usó mis sentimientos en mi contra.
Y eso… eso para mí vale oro.
Fin de la entrada.
(Qué vergüenza escribir todo esto. Pero bueno… es la verdad.)
DIARIO/Hoja 3— Entrada después del mate
(la más honesta hasta ahora)
Hoy nos sentamos a tomar mate.
Yo no necesitaba mate. Necesitaba… aire.
Pero con él, el mate es excusa. Y él lo sabe. No hace falta que lo diga.
Yo venía cargada. No triste, no enojada… cargada.
Esa sensación de tener mil cosas en la cabeza y ninguna del todo definida.
Y él, como siempre, lo notó antes de que yo dijera una palabra.
No sé cómo hace.
A veces me da miedo pensar que puede leerme la mente.
Pero hoy, por primera vez, en vez de resistir, dejé que pase.
Lo dejé entrar.
Lo dejé acompañar.
Nos sentamos.
Me pasó el mate.
No hablaba.
No hacía preguntas típicas de adulto.
Sólo estaba ahí.
Y esa presencia… esa forma de estar sin invadir… me aflojó algo adentro.
Yo sentía que tenía que decir algo.
No sabía qué.
Pero necesitaba sacar una parte de mí que nunca digo en voz alta.
Entonces dije lo primero que se me ocurrió.
—Estoy medio rara —le dije.
Y esperaba que dijera “¿por qué?” como cualquiera.
Pero no.
Él solo dijo:
—Ya sé.
Y el “ya sé” no fue con tono de “te leo todo”.
Fue con un tono de “acá estoy, si querés hablar”.
Y eso me desarmó un poco.
Le conté algo que jamás pensé que iba a contarle.
Un miedo mío.
Un miedo que no tiene forma, pero que me persigue.
Un miedo a no ser suficiente.
A equivocarme.
A que la gente que quiero un día se canse de mí.
A depender demasiado y después perder.
Cuando terminé, él no dijo nada genial ni mágico.
No dio un sermón.
No dio una clase.
No bajó línea.
Él… dijo algo simple, pero tan simple que me pegó directo:
—No tenés que demostrarme nada. Te quiero como sos.
Y ahí sentí algo raro.
Como un alivio que te duele un poco.
Como si alguien hubiera abierto una puerta que yo tenía trabada desde hacía años.
Me quedé callada.
No sabía qué hacer con eso.
No sabía cómo sostenerlo sin llorar.
No sabía cómo recibir tanto sin sentir que me quebraba.
Y ahí entendí algo importante:
yo con él puedo ser yo… sin máscaras.
Puedo ser yo versión buena, versión mala, versión cansada, versión nerviosa.
Y él no se va.
Eso me da una paz que no sabía que necesitaba.
Una paz que no viene de que él haga cosas por mí, sino de cómo me mira.
Como si yo fuera alguien que vale.
Alguien importante.
Alguien que merece cariño sin condiciones.
Creo que eso es lo que me cambia.
Eso es lo que me asusta.
Y eso es lo que más agradezco.
Le dije también algo que nunca había dicho:
—A veces me alejo porque me importa mucho lo que pensás de mí.
Él se quedó en silencio un segundo.
Y pensé “uh, la cagué”.
Pero lo que dijo después… no me lo voy a olvidar:
—Que te importe no está mal. Significa que te importa el vínculo. Y eso está bien. Lo único que quiero es que nunca sientas que tenés que esconderte conmigo.
Ahí me cayó la ficha.
La ficha que venía evitando hace rato.
No es que yo tenga un “sentimiento raro” por él.
No es eso.
Lo que tengo es algo mucho más profundo:
esto de querer a alguien de verdad, de confiar sin miedo, de sentir pertenencia.
Un amor sano, un amor seguro, un amor que nunca tuve así.
Un amor que no pide nada más que honestidad.
Y él lo sostiene sin hacer ruido.
Sin exagerar.
Sin llenarme la cabeza.
Sin alejarse.
Sin confundirme.
Sin fallarme.
Eso para mí… es enorme.
Hoy, después de esa charla, sentí que crecí un poco.
Como si entendiera que está bien sentir.
Que no soy débil por necesitar.
Que no soy rara por querer un abrazo y después alejarme.
Que no soy un lío incomprensible.
Que soy una piba de 15 que está aprendiendo a confiar de verdad.
Y que tengo la suerte de tener a alguien que me acompaña en ese proceso sin pedir nada a cambio.
Cuando nos despedimos, no lo abracé.
No me salió.
Pero me fui con la sensación de que algún día lo voy a hacer sin miedo.
Y que él va a entender que ese abrazo va a ser más grande que todos los que esquivé.
Fin de la entrada.
(La más valiente que escribí hasta ahora.)
DIARIO/Hoja 4
(La frase)
No sé si esto es un capítulo, una escena o un recuerdo que mañana voy a negar. Pero lo escribo porque me quedó latiendo en el pecho como cuando te queda el eco de un parlante después de un tema fuerte. Y porque siento que si no lo dejo acá, en palabras, se me va a escapar.
Hoy te abracé distinto.
Ni yo lo esperaba. Fue como si algo en mi cuerpo hubiera decidido por mí. Venía guardando cosas, pensando demasiado, hablando poco… porque viste cómo soy: cuando se me mueve algo adentro, primero me callo, después me enojo, después me hago la indiferente, y recién al final entiendo qué me pasa.
Pero hoy… no sé… estabas ahí, cebando mate, con ese gesto tuyo de “estoy, pero no te voy a presionar”. Yo te vi y me cayó de golpe una idea: qué suerte tengo.
Y eso me dio miedo.
Me dio miedo porque no estoy acostumbrada a sentir seguridad así. A sentir que alguien me escucha sin ponerse nervioso, sin tratar de arreglarme, sin hacerme sentir equivocada. No estoy acostumbrada a que alguien se quede, incluso cuando estoy rara, fría o distante.
Y yo sé que a veces soy difícil. Que un día soy un abrazo y al otro soy una pared. Que un día te digo todo y al otro te respondo como si me estuvieras interrumpiendo.
Pero es que me pasa que… cuando quiero mucho a alguien, me da miedo necesitarlo.
Y hoy, cuando me hablaste bajito sobre algo que ni siquiera tenía que ver conmigo, me cayó una certeza adentro, como el ruido seco de una ficha que cae en la tragamonedas:
“Él no se va.”
Y me asustó. Y me alivió. Las dos cosas juntas, como un cosquilleo raro bajo la piel.
No sé por qué te abracé así. Fue medio urgente. Medio fuerte. Medio demasiado para mí. Pero lo hice sin pensar.
Y ahí te dije la frase.
Esa frase.
No sé si te diste cuenta del peso, porque la dije bajito, con la cara contra tu pecho, casi escondida:
—Gracias por no soltarme nunca.
No era un agradecimiento común. No era por el mate, ni por escucharme, ni por estar. Era por otra cosa.
Era por entenderme incluso cuando yo no me entiendo.
Era por no tomarte personal mis silencios.
Era por no herirte cuando yo estoy confundida.
Era por darme ese permiso de ser yo, incluso en mis días más torcidos.
Viste que yo no digo esas cosas así nomás. No me salen. Me da pudor. Pero me salió. Porque lo siento. Porque lo sé. Porque lo comprobé mil veces sin decirlo.
Después me hice la boluda, obvio. Dije algo del agua del mate, de que estaba caliente, de cualquier cosa. Pero adentro mío quedó claro que hoy pegué un salto más grande que todos los ensayos anteriores.
Hoy dije algo que no se dice si no es verdad.
Y sí… por más que me dé un poco de vergüenza admitirlo…
Ese abrazo no fue uno más.
Fue el primero que no di por impulso, ni por cariño del momento, ni por costumbre.
Fue porque entendí algo que me venía chocando desde hace meses.
Y aunque no lo diga mucho… aunque a veces me vaya a mi cuarto y cierre la puerta…
Yo también te elijo.
A mi manera. Con mis bordes. Con mis silencios. Con mis quiebres.
Pero te elijo.
Y hoy, por primera vez, me animé a decirlo. Aunque haya sido en voz baja.
—Gracias por no soltarme nunca.
Que para mí significa lo que vos ya sabés.
Y ojalá nunca necesite dejar de decirlo. Porque… aunque me cueste admitirlo…
Me hace bien tenerte.
Mucho más de lo que pensás.
CIERRE (del autor)
A veces la vida te pone frente a relaciones que no buscaste, que no esperabas, pero que terminan siendo una parte esencial del camino.
No vienen por sangre ni por papeles.
Vienen por afinidad, por escucha, por cariño sincero.
Yo no sé si estas cuatro hojas existen en un diario real.
Pero sé que transmiten algo verdadero:
la construcción silenciosa de un vínculo que no necesita nombre para ser profundo.
Y si algún día ella las leyera, capaz entendería que nada de esto surgió de casualidad.
Surgió porque dos personas —distintas, de mundos distintos, edades distintas— encontraron en el otro un lugar seguro para crecer.
Y en este mundo lleno de ruido, eso ya es un milagro.
Ariel Villar
Café Temperley☕
Si te gustó ésta entrada, te invito a enviarme tu invalorable colaboración en la forma más segura a través de Mercado Pago
mediante el siguiente botón:
O también por PayPal:
Tu comentario y tu calificación al final de ésta pantalla es bienvenido y compartido con todos los lectores.
Infinitas Gracias!
Ariel Villar
Café Temperley☕
Comentarios