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La otra parte del camino

  • Foto del escritor: Ariel Villar
    Ariel Villar
  • 3 ene
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 6 ene

Tigres

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La otra parte del camino

Fue toda una aventura. Acompañar la gestación de una panza con vida propia. Tres veces. Y la primera fue impactante, maravillosa y al mismo tiempo aterradora: gemelos!


Un día cualquiera, Viernes o Sábado, no se, da igual, volví del trabajo y después de sacarme la corbata me tiré un rato en el sillón. Cuando me desperté dos muchachos más altos que yo me dieron los buenos días con un abrazo de manos grandes, tostadas con mate compartidas, y el olor de mi propia piel recién bañada en mis dos espejos, mientras las nenas se cepillaban el cabello, un rato antes de salir para la escuela.


Rutina normal, casi automática, mientras de a ratos pensaba como hacer algo más para ganarle a una inflación burlona, sarcástica, implacable, porque me angustiaba no tener un respaldo para dejarles por si cualquier cosa, para su futuro.


Me quedé dormido a mitad de un documental de National Geographic y me desperté con un llamado al Nokia 1100 de la mayor de mis Princesas: "Paaa!, vas a ser Abuelo!!!"

Qué decirte? Felicidad infinita, emoción, lágrimas, risas, gratitud.


Soy de las personas que piensan que dormir es perder el tiempo. Pero cuando el cuerpo se pasa de rosca y la CPU se calienta, te cierra el sistema y te apaga la tele.


No sé cuánto tiempo habrá pasado. Tal vez un par de horas, o tal vez años. Me desperté cansado, solo, divorciado, y con un par de amores inexplicables dentro de la cajita de los recuerdos de la mesita de luz. Pero dentro de todo, bien, en paz, con el vicio adictivo de la soledad que se hacía cada vez más fuerte.


Tal vez por el horario laboral, jamás dormí la siesta a no ser en algún fin de semana perdido entre el sosiego de una tarde hueca y un blues tranquilo de fondo.

Y de nuevo, una de esas raras tardes de invierno que ponen al sol en pausa y a la luna sobre la primera helada,  apareció la pasión profunda y completa pero sin tanto apuro, improvisando junto al crepitar del fuego de leña seca, noble y pareja...

Raras también son las veces en que dos amantes se convierten en amores, pero fue mi caso. Ley de Murphy: a cierta altura del camino, el combo con hijos ajenos está casi asegurado.


Lo loco es que no sentí hastío ni miedo ni la sensación de volver a empezar de nuevo algo que ya había terminado con cierto éxito.

Tal vez por una falsa sensación de seguridad por experiencia previa, sumada al instinto de guía de la manada y mucha ternura, me ubicó de nuevo criando hijos que adopté como propios sin cuestionarme nada.


Con menos prisa y más sabiduría me encontré sosteniendo espalditas con la mano mostrándoles el camino hacia un lugar mejor, alejándolos sin dolor y despacito de un Inframundo del que no se vuelve.


Fui músico, viajero, bohemio y soñador. Y en la otra cara de mi moneda también ambicioso, pero no lo suficiente para volverme canalla.


Toda mi agradecida vida me imaginaba de adulto canoso continuando los más de medio millón de kilómetros recorridos sin darme cuenta sobre 2 ruedas, o tocando mi propia música por el mundo, del cual después también me bajé porque no me alcanzaba. Tal vez por el loop de tocar el mismo riff que después del tumulto del éxito fugáz, me dejaba solo parado ante la misma puerta.

Pero ésta vez, más consciente que nunca pero con menos camino por delante, abrí la puerta para ver qué había del otro lado.


Me ví a mi mismo, un poco más viejo, con manos curtidas de amor empujando espaldas adolescentes, afinando los instrumentos de una nueva banda, para que empiece a tocar por el camino del éxito, el bienestar y el amor.


Más cerca del cierre del balance, tal vez haya venido a eso. O tal vez no. O tal vez aún me esté esperando algún otro nuevo desafío.


Ariel Villar

Café Temperley


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