Hay dias
- Ariel Villar

- 24 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 24 nov 2025

Hay días en los que uno se despierta sabiendo que algo no encaja.
No es un drama, no es una tragedia… es apenas un rumor. Un murmullo que aparece en la costilla izquierda, ahí donde se guarda lo que no se dice.
A veces empieza por una boludez.
Como una tos persistente que te viene ganando el cuerpo.
O ese silbido en el pecho que aparece justo cuando apagás la luz y te hacés el valiente, pero sabés que no estás tan bien.
Y te levantás temprano, te vestís, tomás aire por la nariz porque si lo hacés por la boca te agarra un ataque de tos, y salís para la clínica mientras el resto de la casa duerme como si fuera domingo eterno.
Los perros, los chicos, la pareja.
Todos en pausa menos vos.
Y mientras esperás en la guardia, con el número en la mano y un vaso de plástico tibio con agua sospechosa, te cae una idea que, para bien o para mal, ya no se te va más:
No siempre quien te acompaña es quien tenés al lado.
Y no siempre quien tenés al lado te acompaña.
En ese momento no te enojás.
No, eso viene después.
Primero viene la sensación.
Una soledad chiquita, pero filosa.
Como cuando estirás la mano para un apretón y te responden con un fist bump medio dormido.
O cuando das un abrazo y te devuelven una palmada en la espalda, como diciendo “ya está, ya está”, cuando justamente… no está.
Volvés a casa.
Farmacia, recetas, instrucciones.
Ponés la pava.
Te sentás.
Leés la dosis.
Y te cae una mezcla rarísima de cansancio, tristeza y bronca tibia.
Una bronca elegante, viste, de esas que no hacen ruido pero arruinan el desayuno.
Y ahí es cuando uno dice las frases que nunca dice en voz alta:
Che… ¿tan difícil era esperar con un mate calentito?
¿Tan imposible es un “cómo te fue”?
¿Tan caro salía un gesto?
No.
No es difícil.
Pero no pasó.
Y mientras cebás el segundo mate, te das cuenta de algo que en el fondo ya sabías:
la vida adulta es un pacto tácito entre lo que mostramos y lo que callamos.
Entre lo que damos sin pedir…
y lo que de vez en cuando necesitamos sin querer admitirlo.
Pero no todo es drama, ojo.
Porque en el mismo día en que sentís el silencio de la casa pesándote en la espalda, aparece la voz justa.
La de esa persona que te quiere de verdad.
La que te pregunta cómo estás sin esperar que seas un superhéroe.
La que te escucha.
La que percibe cuando algo en vos no está bien, aunque sonrías como si nada.
Y ahí entendés que el amor —el amor del bueno— no siempre viene de donde uno espera.
Ni entra por la puerta principal.
A veces llega por los costados.
O por un mensaje.
O por una mirada cómplice que te baja las defensas.
Entonces te levantás, respirás profundo, y te decís:
“Tengo 65.
Tengo marcas, kilómetros, aprendizajes y un par de cicatrices que no pienso abrir más.
No quiero terminar otra vez.
No quiero volver a empezar.
Sólo quiero seguir. Pero con verdad alrededor.”
Porque te lo ganaste.
Porque diste más de lo que recibiste muchas veces.
Porque acompañaste sin pedir nada.
Porque seguiste estando incluso cuando te quedaste sin nafta emocional.
Y sí… a veces te sentís “multitudinariamente solo”.
Pero después, cuando aparece esa voz que te quiere bien, la que no falla, la que te escucha incluso cuando vos no te escuchás, entendés que no todo está tan mal.
Que todavía hay amores auténticos.
De esos que te sostienen con la mirada.
De esos que no te dejan caer aunque estés tosiendo verde.
Y entonces, con el último sorbo de mate tibio, decís algo simple pero enorme:
“Sigo acá.
Un poco cansado, un poco roto, pero sigo.
Y sigo dando lo mejor de mí.
Porque hay amores que valen la pena…
y tienen nombre propio.”
Ariel Villar
Café Temperley☕
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