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Faltan Abrazos

  • Foto del escritor: Ariel Villar
    Ariel Villar
  • 19 feb
  • 2 Min. de lectura
Faltan Abrazos collage alusivo

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"Faltan Abrazos"


Hay gente que parece vivir en un formato afectivo más… cómo decirlo… minimalista. Como si abrazar demasiado fuese sospechoso o, peor aún, antiguo.


A mí desde hace un tiempo me faltan abrazos.

Y no hablo del abrazo social, ese de tres segundos que es como pasar la SUBE por el molinete: pip, trámite cumplido. Hablo de los abrazos de antes. Esos que caían de sorpresa, un martes a la tarde, sin motivo, como si alguien dijera: “vení, que te reacomodo el alma un ratito”.

Abrazos que te apretaban fuerte.

Abrazos que mezclaban respiraciones y latidos.

Abrazos que dejaban olor a otro en la remera.


A veces intento buscarlos. Me acerco, digo un chiste, hago un comentario amable, lanzo un gesto para ver si engancho alguno. Y lo que recibo, cuando la suerte tiene ganas de colaborar, es un abrazo burocrático, al paso, frío, casi administrativo. Uno de esos que nacen muertos. Tres segundos contados en seco. Lo justo para que nadie pueda decir que no hubo abrazo.


Y ahí me agarra la duda:

¿será que entré en la etapa en la que uno deja de ser abrazable?


Porque viste que hay momentos en los que la vida te saca cartel sin consultarte. Antes era “el flaco”, “el pibe”, “el que anda siempre a las corridas”. Después pasás a ser “el señor”, “el papá de”, “el que te paga el arreglo del celular, el techo, el estudio y el morfi”. Y un día, así de golpe, te convertís en una especie de mueble afectivo. Útil, estable, presente… pero al que ya nadie se le cuelga encima.


El otro día, sin ir más lejos, me tiré en el sillón y pensé:

“¿Será que perdí esa textura, esa suavidad emocional que te hace abrazable? ¿Será que los abrazos ya no vienen hacia mí porque no transmito la misma calidez que antes?”


Yo extraño los abrazos porque todavía los necesito. Cómo todos.

Porque todavía tengo cosas para ofrecer adentro.

Porque todavía tengo pedacitos que se acomodan mejor cuando alguien me aprieta sin miedo.


Y sin embargo (mirá qué ironía) cada vez abrazo más fuerte a quienes no me abrazan tanto. Como si uno se resistiera a la idea de transformarse en un objeto decorativo de la casa, de esos que ya nadie registra pero nadie se anima a tirar.


No sé si esto se resuelve.

No sé si vuelve.


Pero esta noche, mientras cerraba la puerta del Café Temperley, me quedé pensando:

capaz la vida te quita algunos abrazos para obligarte a darte otros.

De esos que no vienen de afuera…

sino de vos mismo.


Y aunque suene cursi (vos fijáte lo que me hace cumplir años), a veces el abrazo más sincero es el que te das cuando te aceptás entero, incluso con esta rareza nueva de sentirte un poco más solo en el cuerpo, pero más despierto en el alma.


Ariel Villar

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Ariel Villar

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