Caras de Culo
- Ariel Villar

- 17 feb
- 2 Min. de lectura

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Viste que en la vida, cada tanto, aparece esa gente que camina como si cargara una heladera Siam en la espalda. Gente que, si la ves venir por la vereda, te dan ganas de cruzarte… no por miedo, ¡sino para no contagiarte el mal humor! Algunos tienen esa expresión fija, como si un día los hubiese agarrado un ventarrón del Roca entre Temperley y Constitución y se les hubiera endurecido la jeta para siempre.
Y vos decís:
—Che, ¿qué onda? ¿Qué les pasa? ¿Están pensando mucho? ¿Son infelices?
¡No, hermano! ¡Ojalá fuera algo tan profundo!
Mirá, te lo digo en confianza: hay dos grandes especies de “cara de culo”.
La primera es la del tipo que se tomó la vida demasiado en serio. Ese que cree que si sonríe pierde prestigio. Que si afloja un músculo facial, se le desordena el currículum. Viven todo como si fuera una reunión de consorcio eterna. Les contás un chiste y lo analizan como si fuera un fallo de la Corte Suprema.
—Eh… no sé si corresponde reírme —parecen decir.
Y vos ahí, con la sonrisa congelada, pensando: “Flaco, relajá… no te estoy pidiendo que firmes un pagaré”.
La segunda especie es peor: el infeliz profesional. Ese que se aferra al malhumor como otros se aferran a la fe. Gente que tiene una nube gris arriba de la cabeza, pero no la nube de los dibujitos… no, no: una nube estatal, burocrática, con sellos. Una nube que te dice: “Vengo para quedarme”.
A esos les hacés un chiste y te miran como diciendo: “¿Humor? ¿A esta hora? No querido. Yo ya hice el trámite de infelicidad y no pienso cancelarlo”.
Pero ojo, amigo, te digo algo más íntimo: la mayoría de los “cara de culo” ni saben que lo son. No es que se levantaron un día y dijeron “hoy voy a destruir la alegría mundial”. No. Es gente que se quedó atrapada en una emoción que se les hizo costumbre. Como cuando acostumbrás el paladar al mate lavado y un día te das cuenta de que hace tres semanas que lo venís tomando así. Ya está: te domesticó.
Y mientras tanto vos, yo, todos… caminamos por la vida esquivando esos rostros endurecidos, preguntándonos qué pasó ahí.
Y lo más loco es que a veces, en una distracción, se ríen. ¡Sí! Una carcajadita chiquita. Un destello. Un milagro digno de Radio Café a la madrugada.
Y ahí entendés que no es que les duele reírse…
Es que se olvidaron cómo se hacía.
Por eso, hermano, cada vez que me cruzo con uno, yo no pienso “qué mala onda”. Pienso:
“Che, ¿qué te habrá pasado para que tu cara quede así, sin permiso?”
Y sigo mi camino, cuidando la sonrisa como si fuera un tesoro.
Porque, entre tanta cara de culo dando vueltas, una sonrisa sincera es casi un acto de rebeldía.
Que tengas un excelente día!
Ariel Villar
Café Temperley ☕
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