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Veintitrés y Diecisiete. (23:17)

  • Foto del escritor: Ariel Villar
    Ariel Villar
  • 13 feb
  • 4 Min. de lectura
Cliché artístico con escenas del relato

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23 y17 Tocá los 3 puntitos para descargar


Te voy a contar la verdad, la posta, sin maquillaje digital: yo ya venía medio cansado del jueguito del amor por WhatsApp.

Esa cosa de estar “conociendo a alguien” sin haber olido nunca su perfume.

O sea… ¿qué somos? ¿personas? ¿o perfiles en una nube?


Pero bueno… aparece ella.

Una mina con una foto de perfil donde se le ve media sonrisa y un libro.

Eso ya me descoloca.

Digo: “Listo, esta no es de las que te mandan el emoji del fueguito. Esta piensa… y eso siempre llama la atención.”


Primer mensaje mío: un clásico.

“¿Llegaste bien?”

El caballero antiguo que todavía vive en mí se resiste a extinguirse.


Ella: Visto.

Pero visto clavado.

Así, seco.

Ni un “jajaja”, ni un corazón, ni un mísero pulgar.


23:17.

Yo quedé mirando ese visto como si fuera un electrocardiograma.

Me daba vida y me mataba a la vez.


A la mañana siguiente, aparece con un:

“Perdón, me dormí.”

Tres palabras.

Pero suficientes para que yo vuelva a creer en la humanidad.

La tecnología te mata y te resucita en cuestión de segundos, es impresionante.


Empezamos a hablar.

Al principio, básico: “¿Cómo va tu semana?”.

Después, más íntimo: “¿Qué te pasa cuando no podés dormir?”.

Y finalmente, ese lugar oscuro donde uno solo entra cuando confía:

“¿Qué cosas te duelen todavía?”


Ahí dije: cuidado.

Porque una cosa es mandar stickers…

Y otra es que alguien te lea las grietas.


Pero ella tenía un arma secreta:

mandaba audios de seis segundos.

Seis.

No siete, no ocho.

Seis.

A mí eso me volvía loco.

Porque seis segundos es suficiente para una frase… pero nunca para una explicación.

Entonces siempre quedaba algo sin decir.

Algo que yo tenía que adivinar.

Ella sabía lo que hacía.

Una estratega.


Yo, en cambio, mandaba audios largos.

Vos me conocés.

Mi voz tarda en arrancar, como un auto viejo.

Me escuchaba después y pensaba:

“La puta, hermano… aflojá con la sinceridad, que parecés un documental de canal Encuentro.”


Pero el flechazo digital ya estaba hecho.

Nos buscábamos.

Nos encontrábamos.

Y ahí, cuando ya estaba casi entregado…

¡PUM!

Ghosteo.


Silencio como de iglesia abandonada.

Yo abría el WhatsApp cada tres minutos, como si el teléfono fuese a producir un milagro espontáneo.


Y acá lo admito:

me enojé.

La tecnología nos cagó la cabeza.

Ahora un silencio digital duele más que un portazo.

Porque un portazo al menos lo escuchás.

Acá no.

Acá tenés que adivinar por qué.


Cuatro días después, aparece:

“Perdón, estuve a mil. ¿Nos vemos?”


Y ahí se me aflojaron las rodillas.

Porque una cosa es hacerse el pillo por mensaje…

y otra es verla de frente.

Olerla.

Sentir ese segundo donde ya no podés editar nada.

No podés borrar.

No podés reenviar.

Es cuerpo a cuerpo.

Y yo ya no nací para pelear cuerpo a cuerpo.

Pero bueno… uno hace lo que puede.


Quedamos para un sábado.

Café Temperley, como corresponde.

Yo llegué antes.

Me senté, pedí un café y un vaso de agua, porque ya sentía que la ansiedad me había vaciado la garganta como si hubiese corrido desde Banfield hasta Constitución.


Miro la puerta cada 15 segundos.

Entro en modo ridículo total:

me acomodo la camisa, me fijo si tengo olor a perfume o a nervios, trato de no parecer un adolescente grande…

pero sí: soy un adolescente grande.


Y vibra el celular:

“Estoy llegando.”


Ahí entendí lo peor de todo esto:

la tecnología nos permite desear sin exponernos.

Pero cuando llega el momento real, te deja desnudo como un pibe en la revisación médica.


Ella entra.

Con un vestido simple, de esos que no buscan seducir… pero seducen igual.

Camina con esa mezcla de seguridad y duda que solo tienen las personas que ya vivieron mucho, pero todavía tienen ganas de más.


Nos miramos.

Cara a cara.

Y te juro: el WhatsApp se suicidó en ese instante.

Dejó de existir.

No había visto, no había emoji, no había textualidad.

Solo ella.

Ahí.

En 3D.

Perfume a perfume.


Y la pregunta del millón:

¿qué carajo hacemos ahora?


En mi cabeza se pelean dos versiones mías:

el tipo maduro que quiere besarla en la mejilla como un caballero…

y el animal que quiere agarrarle la mano de una y decir:

“Vamos a caminar antes de que la vida nos arrepienta.”


Ella me sonríe.

Se acerca.

Y en ese microsegundo, hermano…

entra todo: mi pasado, su pasado, mis miedos, sus dudas, el ghosteo, el visto, los audios de seis segundos, las noches sin dormir, el perfume, el sudor de mis manos.


Y ahí queda.

En ese instante.

En esa respiración.

En esa pregunta abierta que todavía no tiene respuesta:


¿nos vamos a animar…

o vamos a dejar que la tecnología nos vuelva a cobardear?


No lo sé.

No lo sabe ella.

Nadie lo sabe.

Es ese hermoso suspenso entre la piel y la intención.


Ese momento…

donde todavía no pasó nada.

Pero puede pasar todo.


Ariel Villar

Café Temperley


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Ariel Villar

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