Un viaje en una sola taza
- Ariel Villar

- 12 ene
- 3 Min. de lectura

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No era lunes ni domingo. Era ese día raro, medio gastado, donde la semana pesa más que el cuerpo y la cabeza pide tregua. El Café Temperley estaba abierto, como siempre, porque en el barrio cerrar es rendirse un poco. Afuera, la calle iba y venía con su coreografía habitual de autos viejos, gente apurada y esa clase media entrenada para no hundirse, braceando sin hacer ruido. Adentro, la cafetera bufaba como si también tuviera algo para decir.
Nos sentamos en la mesa del fondo. La de siempre. La que ya escuchó separaciones, entusiasmos que duraron lo que un suspiro, proyectos prolijos que nunca arrancaron y otros desprolijos que todavía respiran. Pedimos dos cortados.
-El tiempo no se fue -dije-. Se nos quedó a vivir.
-El problema es que vino sin pagar alquiler -contestó.
I. La resistencia cotidiana
El cansancio ya no se nota en la cara, se nota en las conversaciones. En cómo uno mide las palabras, las compras, las expectativas.
-Nadamos todo el tiempo -dijo-. No para llegar, para no hundirnos.
Ahí está la épica silenciosa. No la de las redes ni la de los discursos, sino la de sostener. Laburo, familia, cuentas, afectos. Todo junto, todo al mismo tiempo. La resistencia no sale en las noticias, pero se sirve todos los días en tazas de café.
II. El amor cuando ya sabés
El tema apareció solo. Siempre aparece.
-Seguimos confundiendo intensidad con amor -dije-. Y después nos preguntamos por qué termina doliendo.
-Nos gusta el incendio y después nos quejamos del humo.
Nos reímos. Humor como mecanismo de defensa. A esta altura ya sabemos que idealizar es barato y se paga caro. Que el deseo empuja, pero no sabe manejar. Y que aceptar cualquier cosa por miedo a estar solo es una forma elegante de traicionarse.
-Lo peor es que ahora no podemos decir que no sabíamos.
III. Los sueños sin marketing
El mozo dejó los cortados. Espuma justa. Sin dibujos.
-Y los sueños? -preguntó.
-Ahora son más concretos.
Nada de promesas épicas. Proyectos posibles. Una radio que acompaña. Un libro que no promete salvación, pero ordena ideas. Viajes que no son escape, sino pausa.
-El problema no es la edad -dije-. Es seguir pensando como cuando teníamos apuro.
IV. Números, cábalas y fe laica
En la mesa de al lado hablaban de la quiniela.
-Soñé con agua -decía uno-. Jugale al 14.
La fe cambia de formato, pero no desaparece. Algunos la ponen en números, otros en proyectos, otros en personas. Todos buscamos alguna señal de que no estamos tirando energía al vacío.
V. Criar sin manual
La charla viró, como siempre.
-Con los pibes no hay receta -dijo-. Hay presencia.
Escuchar más de lo que se habla. Caminar sin apurar. Bancar decisiones que no entendemos del todo.
-El arte los ordena -dije-. Aunque no dé de comer.
Y eso hoy es casi un acto subversivo.
VI. La política en la mesa
La tele murmuraba de fondo.
-La política se nos metió en el changuito -dije-.
Promesas recicladas, números que no cierran, épicas que no llenan heladeras.
-El barrio sigue -dijo-. Como puede.
Y ese “como puede” es todo un programa.
VII. El cuerpo avisa
-Moverse ya no es vanidad -dije-. Es dignidad.
Cuidarse para seguir, no para aparentar. El cuerpo no pide milagros, pide constancia.
VIII. Pantallas y afecto
-La tecnología ayuda -dije-. Pero no reemplaza.
Sirve para crear, para estar, para acompañar a distancia. Pero el café sigue siendo café. Y la charla, insustituible.
IX. Los roles heredados
Ser “el hijo de”. Ser “el que hace de”.
-Nadie te explica cómo -dijo-.
Se hace como se puede. A veces bien. A veces no tanto. Pero se hace.
X. Empezar distinto
La tarde se iba apagando.
-Y ahora qué?
-Ahora elegir mejor.
No empezar de cero. Empezar con criterio.
XI. Música como compañía
Sonaba un tema viejo.
-La música llega antes -dije-.
Radio Café suena a eso. A compañía sin gritos. A elegir qué escuchar cuando todo lo demás hace ruido.
XII. Epílogo
Pagamos. Dejamos propina.
-No está tan mal seguir nadando -dijo-.
-No -contesté-. Mientras sepamos por qué.
Café Temperley no es un lugar. Es una forma de mirar. Sin solemnidad. Con ironía cuando hace falta. Con afecto, siempre.
Y mientras exista una mesa, dos cortados y ganas de hablar en serio sin ponerse densos, la historia sigue.
Ariel Villar
Cafe Temperley☕
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