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Sal Anti-Daddy

  • Foto del escritor: Ariel Villar
    Ariel Villar
  • 26 feb
  • 4 Min. de lectura
Sal Anti-Daddy

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Radio Café:


Sal Anti-Daddy

Terapia en el espejo del bar


Te sentaste.

Pediste un cortado.

Y sin darte cuenta, empezaste a mirarte en el espejo del bar.


No te mira él.

Te hablás vos.


Tal vez porque fuiste de esos que aprendieron temprano que “billetera mata galán”.

O peor: que cuando no hay billetera tampoco hay galán.


Tal vez por eso construiste.

Ordenaste.

Proveíste.

Sostuviste.


Y sí.

Te gustan las mujeres.

No es debilidad. Es identidad.


Ahora la pregunta incómoda:


¿Tu pareja fue estratégica cuando te eligió?


Probablemente sí.


Una mujer más joven, con hijos, en entorno inestable, cuando ve un hombre solo, sólido, con trabajo estable, carácter y deseo… no ve solo un romance.

Ve futuro.


Eso no invalida la pasión inicial.

Pero tampoco invalida el cálculo.


La vida adulta no es pura.

Es mezcla.


Ahora el espejo se inclina un poco más.


¿Ella te eligió… o vos necesitabas ser necesario?


Porque hay algo adictivo en ser imprescindible.

Mucho más que el sexo.


El buen sexo fue la puerta.

El proyecto fue el pegamento.

La necesidad mutua fue el contrato silencioso.


Ella necesitaba estabilidad.

Vos necesitabas propósito.


Hoy, una década después, el contrato cambió.

Los chicos crecieron.

Tu cuerpo te recordó que no sos invencible.

Y el rol de salvador perdió intensidad.


Y aparece lo que realmente te inquieta:


No es el sexo.

Es el abrazo.

No el erótico.

El sincero.

Ese que no pide nada después.

Porque el cuerpo no negocia biología.

El abrazo regula. Calma. Confirma pertenencia.


Y cuando convivís con alguien que no es táctil, el cuerpo empieza a sentirse solo aunque haya personas alrededor.

Ahí nace la tentación de mandar todo al carajo.


No por dinero.

No por cama.

Por hambre emocional.


El espejo no te acusa.

Te pregunta:


¿Te arrepentís de haberla ayudado?


No.


¿Te duele no ser tan central como antes?


Sí.


Y ese es el duelo masculino que nadie nombra:

cuando dejamos de ser el eje alrededor del cual gira la escena.


No estás en crisis.

Estás en transición.

La transición de protagonista a acompañante.

Y eso duele más que cualquier achaque físico.


Ahora viene la parte más honesta.


Si mañana apareciera una mujer autónoma, sin necesidad económica, afectuosa, que te deseara por quien sos y no por lo que proveés…

¿Te irías?


Si la respuesta interna fue “sí”, no habla de traición.

Habla de carencia.

Y eso cambia todo.


Porque entonces el problema no es otra mujer.

Es una necesidad estructural tuya que hoy no está cubierta.

Ser útil no es lo mismo que ser elegido.

Y cuando el hombre empieza a sentirse útil pero no elegido, algo se erosiona.


El sexo en la madurez no es solo placer.

Es validación.

“Si me desea, existo.”

Cuando el deseo se vuelve trámite, el ego lo siente como jubilación anticipada.


Pero cuidado.

Afuera hay deseo nuevo.

Sí.

También hay incertidumbre, historia ajena, energía inicial que inevitablemente se transforma.


El deseo puro sin estructura es liviano.

La estructura sin deseo es pesada.


Vos no sos solo deseo.

Sos proyecto.

Por eso no querés patear el tablero.

Querés justicia interna.


Y acá el espejo se pone quirúrgico:


¿Te irías por falta de amor… o por falta de demostración?

No es lo mismo.


Hay parejas largas que se vuelven funcionales.

Casa compartida.

Rutina compartida.

Gastos compartidos.

Pero contacto espontáneo evaporado.

No por maldad.

Por desgaste.

Y cuando nadie habla del lenguaje afectivo, cada uno interpreta desde su herida.


Vos necesitás piel.

Ella tal vez no lo registra como prioridad.

Eso no es brujería.

No es castigo cósmico.

Es diferencia estructural.


Resignar no es aceptar.

Resignar es tragarse la falta.

Aceptar es reconocer el límite del otro sin negar tu necesidad.


Hoy estás más en resignación que en aceptación.

Y la resignación envejece más rápido que el colesterol.


Entonces la pregunta madura no es “¿me voy?”


Es otra:

¿Puedo redefinir la dinámica sin destruirla?


No pidiendo más cantidad.

Sino proponiendo ritual.

Un abrazo diario, aunque dure treinta segundos.

Sin sexo posterior.

Sin negociación.

Sin ironía.


A veces el problema no es la falta de amor.

Es la falta de práctica.


Pero también hay otra verdad que no podés esquivar:


Estás haciendo duelo de tu versión anterior.

La del magnetismo sin esfuerzo.

La del poder de elección amplio.

La del riesgo excitante.


No sos ese de los 40.

Pero tampoco sos un hombre apagado.

Estás lúcido.

Deseante.

Evaluando.

Y eso ya te pone por encima de muchos que a esta edad viven anestesiados.


El miedo real no es morir.

Es vivir lo que queda sintiéndote parcialmente elegido.

Ahí está el núcleo.


Entonces el espejo te deja una última pregunta, sin dramatismo:


Si dentro de diez años mirás hacia atrás,

¿qué te daría más paz?

¿Haber intentado hablar con vulnerabilidad real, sin reproche?

¿O haberte quedado en silencio para no mover nada?


No estás buscando aventura.

Estás buscando reciprocidad emocional con deseo limpio.

Y eso es serio.


No estás en fuga.

Estás en evaluación.


Pero recordá algo:


Las decisiones tomadas desde la carencia suelen salir caras.

Las decisiones tomadas desde la claridad suelen liberar.


Antes de romper, ordenáte.

Antes de resignar, hablá.

Antes de irte, aseguráte de que no te estás escapando de tu propio duelo.

Porque tal vez lo que más necesitás no es otra mujer.

Es volver a sentirte eje de tu propia vida.

Y eso no depende de nadie más.


El espejo no te juzga.

Te devuelve verdad.


Café Temperley no es para todos.

Es para los que se animan a mirarse sin maquillaje.


Y vos, si llegaste hasta acá, ya sabés que no estás dormido.

No estás acabado.

Estás en transición.


La pregunta no es cuánto te queda.

La pregunta es cómo querés vivirlo.


Cuando termines el café, que tengas un excelente día!


Ariel Villar

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Ariel Villar

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